NOTICIA 32

 

La Sirena, nuevo libro de Julio Calvet Botella

La Editorial ECU, en su colección Acacia, publica la última obra del Presidente del Patronato Historico Artístico de la Ciudad de Orihuela

 

es como si sobre las aguas vinieran

antiguos cantos, el ulular de las sirenas

y el brillo de las armas

que avanzan contra Troya

en las cóncavas naves.

 

SIGNIFYING NOTHING – J. M. Álvarez

 

Cuando yo era un niño que me preparaba para hacer la primera comunión, alguien me regaló sendas adaptaciones para jóvenes de La Ilíada y La Odisea del vate ciego Homero. Contenían unas magníficas ilustraciones que despertaron en mí el entusiasmo, el asombro y hasta el estupor. Me fascinaban las historias mitológicas, la guerra de Troya y las cuitas de los héroes que tomaron parte en ella, tanto dentro como extramuros de la ciudadela. De los hechos cantados en La Ilíada y La Odisea, los que más me gustaban eran; de la primera, la escena que tiene lugar en el último Canto. Príamo llega, protegido por un sortilegio de Hermes, a la tienda de Aquiles para suplicarle que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor, muerto en duelo singular con el semidiós frente a las sagradas puertas de Troya. De La Odisea, sin duda, el episodio de las sirenas con Ulises atado al mástil para escuchar su canto. Entre las numerosas figuras acuáticas que pueblan las mitologías antiguas, la de la sirena, quizás por su singular polimorfismo, creo que es la que mayor fascinación ejerce sobre nuestro cerebro.

 

Al igual que el niño que yo era en 1970 se sintió fascinado por estos dos primeros textos de la épica grecolatina, ese descubrimiento se ha ido repitiendo, generación tras generación, desde la Antigüedad; conservando todo su poder de seducción mientras que, historias mucho más recientes parecen, a su lado, quebradizas, ajadas y viejas. No en vano, la mitología y la épica griega son el paradigma de la imaginación humana. En realidad, apenas necesitamos nada más. Acaso no dijo otro vate ciego, y porteño para más señas, que todas las historias se resumen en cuatro: una ciudad sitiada, una busca, un regreso y el sacrificio de un dios. Las demás son variaciones de estas cuatro historias seminales.

 

Mi gran amigo Julio Calvet, que seguro que también descubrió de niño estas historias y jugó en las playas del mare nostrum, acaba de publicar un libro, “La sirena”, que tiene mucho que ver con todo esto que hablamos. Ello no tendría nada de particular porque Julio viene escribiendo textos de diversa naturaleza desde hace años, publicándolos en la alicantina ECU. Pero, en esta ocasión, Julio nos regala un relato que abarca todo un libro que, si bien es corto en extensión es grande en lo que ofrece. “La sirena” de Julio Calvet es un relato verdaderamente encantador que parece brotar de la fuente popular y maravillosa del cuento oral.

 

A Calvet no parecen importarle las modas. Escribe lo que siente. En el año de 2010, cuando todo el mundo está pendiente de los fastos hernandianos, él publica un monográfico ejemplar sobre Ramón Sijé. En sendos estudios sobre El Quijote y sobre la figura histórica de Jesucristo, aúna Calvet su amor por ambos personajes con su amor por el Derecho. Pero es en el cuento donde Julio se encuentra, nunca mejor dicho, como pez en el agua. En 2013 publica un haz de ellos bajo el título “Cuéntame un cuento, abuelo” donde, en un hermoso ejercicio de arqueología personal, deja cual leña reconfortante, una brazada de relatos destinados a sus nietas, donde les cuenta y nos cuenta, algunos episodios de su juventud.

 

Pero volvamos al “cuento griego” de Julio Calvet y a las demandas homéricas pues mucho se ha especulado, ya desde la Escuela de Alejandría, sobre la autoría y hasta sobre la propia existencia de Homero en un caso análogo al del bardo del Avon, o sea Shakespeare. Mucho se ha teorizado sobre los distintos estilos que concurren en La Ilíada y la Odisea e incluso sobre la mano femenina que parece encontrarse tras las páginas de la secuela y cómo la una tiene carácter solar y, la otra, carácter lunar. Robert Graves, haciéndose eco de esta hipótesis escribió la maravillosa novela “La hija de Homero” donde atribuye la escritura de La Odisea a la princesa siciliana Nausicaa, metiéndose ella misma en la historia.

 

Tras un prólogo como el del doctor Fernando Claramunt López, poco ni mejor se puede decir de este libro ni de su autor. Claramunt hace un recorrido por el mundo de las sirenas en sus diversas encarnaciones a través del tiempo, no solo mítico y literario sino también en el ámbito artístico, citando pintores prerrafaelitas y músicos como Richard Wagner. El coloso germánico tuvo el acierto de crear una gran parábola acerca de la naturaleza del poder y del amor, partiendo del oro custodiado por cuatro sirenas en el lecho del Rin. Todo lo cual no deja de poner en valor el sincretismo de los mitos y su capacidad para reinventarse, sin perder la esencia.

 

En un principio, Alexandros, el protagonista de la historia, es testigo mudo de las industrias que se narran en el poema homérico hasta que, precisamente, en el episodio de las sirenas se aparta de la historia conocida para mostrarnos la suya propia, la del episodio amoroso con una sirena muy peculiar que posteriormente coadyuvará, con su cola a modo de motor, para que llegue a las playas de Ítaca. A mi entender, bebe Calvet de dos fuentes. Por un lado, el telón de fondo homérico citando los sucesos más conocidos, como pinceladas. En este sentido tiene la obra de Calvet un carácter expositivo, de invitación a la lectura de su referente épico. Por otro lado, la sirena como criatura resurgida del romanticismo alemán cuyo ejemplo más claro podría ser la “Ondina” del barón De la Motte Fouqué y que sirve de modelo a Andersen. Quizás la sirena de Calvet sea la Sirenita, anhelando un alma que sólo conseguirá si un mortal la ama. Y ese es, a mi entender, el mayor acierto de Calvet. El tomar estas dos tradiciones, la épica y la romántica, para fundirlas y adecuarlas de forma magistral a su intención narrativa. Calvet nunca incomoda ni abruma al lector, antes bien establece con él una corriente de complicidad y confianza. Los detalles descriptivos están muy trabajados, acercándose en ocasiones a una prosa poética de una muy bella factura. Sugiero una segunda lectura, más detenida, para deleitarse uno en el fraseo, para paladear cada palabra.

 

Hay una incógnita que Julio resuelve de forma elíptica y que podría competir, como enigma, con la famosa cuestión de qué canción era la que cantaban las sirenas. Cabría preguntarse cómo se aman el hermoso guerrero itaquense y la sirena enamorada. Haría falta, para contestar, un erudito como Carlos García Gual y por ello traigo aquí su magisterio.

 

Hay sirenas que despliegan dos colas, como piernas, lo que les permite tener sexo. Pero en la sirena habitual, pez de la cintura a la cola, lo que atrae no es tanto el sexo como la promesa de placer que se expresa en su largo cabello, sus bonitos pechos, su mirada.

 

Muy bien traída la idea del prologuista al emparentar esta obra de Calvet con El sueño de una noche de verano shakesperiano y mendelssohniano; por muchas razones y, entre ellas, la emanación del mundo feérico. Y que sea el mismo Julio el que sueñe este relato en un crepúsculo estival frente a la playa mediterránea, frente a la cuna de todos los azules. Quién sabe si también vería Julio, atalayando el horizonte, los navíos griegos empujados por la brisa feliz, en su ya eterno viaje hacia la Hélade.

 

 

Juan C. Lozano Felices.

 

 

27 de enero de 2017

https://frutosdeltiempo.wordpress.com/2017/01/27/el-ensueno-griego-de-julio-calvet-por-juan-lozanofelices/

Patronato Histórico-Artístico de la Ciudad de Orihuela

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